Javier Corral Jurado

¿Cuántos mexicanos y mexicanas se han formado a lo largo de las últimas cuatro décadas con base en la escritura periodística de Miguel Ángel Granados Chapa? ¿Cuántos a lo largo de los 31 años de su columna “Plaza Pública” han orientado sus decisiones e inspirado sus acciones en los análisis y valoraciones de Miguel Ángel?

Son miles, porque Granados Chapa ha sido un maestro de generaciones en el periodismo, la política y la cultura. Intransitable en el compromiso con la ética, ha puesto desde siempre la verdad como deber, y esos valores lo han hecho un periodista insobornable. Es eso que uno puede poner frente a los demás, sin discusión alguna, como ejemplo de integridad. Tan escasa en el periodismo de nuestros días, casi liquidada en el mundo de la política.

De ahí que considere un acierto que se proponga y se promueva su biografía y su enorme aportación a México como méritos indiscutibles para recibir la presea Belisario Domínguez, que anualmente otorga el Senado a mexicanos que han realizado una labor destacada y trascendente para nuestro país. Desde hace dos semanas la senadora María Rojo busca adhesiones. Logrará miles si el llamado se hace público, y los senadores quedarán asombrados de la transversalidad partidista, la pluralidad ideológica, económica y profesional que suscita el columnista en un país aparentemente dividido en cualquier tema. La historia y el país saben compensar la conducta recta, más allá de las diferencias. Ese mérito lo tiene Granados Chapa y no debiera serle regateado.

A la propuesta se sumó la semana pasada la Asociación Mexicana de Derecho a la Información “por ser un referente en el compromiso ético y en la defensa de la libertad de expresión y del derecho a la información de todos los mexicanos”, y esta semana Proceso se honró en sus páginas de proponerlo como candidato a la medalla “porque su palabra escrita contribuye a poner a México frente a su realidad, por dura y dramática que ésta sea. Estricto e informado como pocos, atento sobre todo a la trascendencia de la vida cotidiana, paradoja no exenta de lirismo, ejerce puntualmente su trabajo en el cerco cada vez más estrecho de los enemigos de la libertad de expresión”.

Una presea que busque ser institución de ponderación universal, de reconocimiento plural, que tenga prestigio, debe cuidar en efecto que quien la reciba tenga los méritos suficientes para corresponder a la calidad moral de quien la otorga. Granados Chapa los tiene y de sobra; al Senado no le vendría mal empezar a recuperar fuerza moral con una decisión así, y sacar la presea del cuotismo partidista en que se encuentra. No importa que se tengan que recetar una plaza pública en vivo y en directo desde su propia tribuna —que buena falta les hace—; lo haría con la dureza que más duele de su crítica, la elegancia de la palabra que se escribe con sintaxis y con respeto.

Profesor de la FCPyS de la UNAM