17-Sep-2008
Vida nacional
Pablo Hiriart

Por si alguien lo dudaba, ahí están los hechos de Morelia. Es la guerra.

Las mafias le han declarado la guerra a México.

Y en una guerra no se valen ambigüedades. O estamos con el país o estamos contra el país.

Cada quien debe ocupar su lugar. Asumir que es un asunto que le corresponde únicamente al gobierno, es un error.

Esta guerra la podemos perder. Podemos perder al país. Es demasiado importante como para dejársela únicamente al gobierno.

Los medios de comunicación y los comunicadores no somos simples narradores de lo que acontece.

Hay que tomar partido, y por lo menos abstenerse de desinformar, de desalentar y de trabajar voluntaria o involuntariamente para el bando del anti México.

Cuando leemos que el crimen organizado debe estar “carcajeándose” ante los fracasos del estado, se está mintiendo y se le está haciendo el juego al enemigo.

Decir que sólo se han dado palos de ciego y que el narcotráfico está vapuleando al estado en esta guerra es una mentira.

Se crea un ambiente de desaliento social que lleva a la conclusión de que es mejor pararle y pactar con los capos de las mafias.

Eso es lo que el crimen organizado necesita. Eso es lo que se requiere en toda guerra: bajar la moral del enemigo.

Los medios y los comunicadores, ¿a quién le estamos minando la moral? ¿A la sociedad mexicana o a sus enemigos?

La delincuencia necesita crear el terror entre la sociedad para que ésta presione al estado y baje la intensidad del combate.

Por eso el ataque terrorista en Morelia.

Por eso vemos decenas de ejecutados en las puertas del Distrito Federal.

Buscan sembrar el terror y la sensación de que el estado ha perdido contra las bandas criminales.

Estamos en una guerra. Hay que entenderlo, asumirlo y actuar en consecuencia.

Los narcos tienen su estrategia de comunicación, que aunada a sus alardes terroristas, da resultados.

Hay miedo, confusión, y en muchos existe la percepción de que esta guerra no debió darse y que la alternativa era y es pactar con las cabezas de las bandas.

En esa línea parecen estar quienes un día sí y otro también se regocijan de que la delincuencia se está “carcajeando” por los tropezones del estado.

Lo peor del caso es que esos comunicadores mienten. O están equivocados, por falta de información.

Y allegarse información correcta es su responsabilidad, para no confundir a sus audiencias.

Hay otros que argumentan, de buena fe, que la policía debe dedicarse a cuidar a la sociedad y que los comunicadores deben informar a esa sociedad aunque ello implique ser mensajeros de los narcos.

“Que cada quién haga su chamba”, apuntan en algunos círculos editoriales.

La policía a su trabajo y nosotros al nuestro.

Ese simplismo no procede en una guerra. Soslayar el contexto en que estamos es hacerle, de manera involuntaria, los servicios que los criminales requieren.

A ver, ¿por qué pusieron los narcos, en una docena de ciudades importantes, mantas en las que acusan a miembros del Ejército de proteger a otras pandillas?

Las pusieron para que los medios masivos de comunicación les hicieran el servicio de llevar las imágenes y leyendas de esas mantas a todos el territorio nacional.

Esa estrategia de comunicación ha resultado muy exitosa para los grupos criminales.

Lo mismo que decapitar personas y poner junto a la cabeza o junto al cuerpo un mensaje para tal o cual autoridad o banda rival.

Al difundir esos mensajes los medios que lo hacen están en el juego de los narcos.

¿Y cuál es el juego?

Minar la moral de la sociedad. Hacerle creer que quienes golpean a las mafias lo hacen para ayudar a otra banda criminal.

Presionan para zafarse el marcaje

Es en ese contexto donde entra la responsabilidad de los medios.

Estamos en una guerra contra un enemigo que se había apoderado de buena parte del país.

Que pone alcaldes, que pone y mata jefes de policía, que infiltra cuerpos policiacos, que secuestra, que envenena a la juventud, a los adolescentes…

¿Qué hacemos?

¿Nos dejamos amedrentar y le pedimos al gobierno que pacte?

Es mentira que la delincuencia organizada está “carcajeándose” del estado.

Va un ejemplo. Uno solo:

De enero a agosto se le han decomisado a los grupos delictivos 228 aviones.

¡Doscientos veintiocho aviones decomisados en ocho meses!

¿Se están carcajeando?

No. Están presionando para bajar el acoso. Y no hay que aflojar.