José Elias Romero
¿De verdad creemos que Calderón, Madrazo y López Obrador contendieron para entronizar en este país la muy particular doctrina filosófico-política en la que cada uno cree?
Con motivo de mi entrega anterior, en varios generosos lectores advertí interés y, en otros, percibí cierta confusión. De esta última yo me responsabilizo y creo oportuno proceder a mayores precisiones.
Desde hace muchos siglos ha quedado planteada la tesis de que los conflictos entre los humanos no provienen del deseo de imponer las ideas de los unos sobre las de los otros, sino de la pretensión de someter la conducta de los ajenos a la voluntad de los propios.
A partir de la aceptación de que yo no podría lograr que el otro piense como yo apetezco, me tengo que conformar con que haga lo que yo deseo. Eso va desde los conflictos internacionales hasta en los bretes intrafamiliares.
Por eso se dice que todas las guerras han sido, sin más, un mero conflicto de poder. Por más que la poesía homérica nos trate de deleitar con una gran guerra provocada por el honor, la celosía, el amor, el berrinche o el despecho de un cornudo real, lo cierto es que fue la hegemonía política y económica del Mediterráneo oriental la causa verdadera de la Guerra de Troya.
Lo que tenemos que reconocer, con suficiente madurez, es que esos motivos se han disimulado y hasta ocultado para justificar, con algún pretexto, lo que de otra manera quedaría encuerado como una impudicia a los ojos de muchos, que no de nosotros los políticos. Que el poder puede ser un fin en sí mismo y no tan sólo un medio para el logro de la libertad, de la democracia o de la justicia.
De allí que las disputas entre Isabel I y Felipe II surgieron más por resolver a quién pertenecerían las praderas de Massachusetts y a quién las minas de Guanajuato que no tanto porque ambos le rezaran al mismo dios, aunque uno en la parroquia católica y otra en el templo anglicano. Y la Guerra Fría, ¿qué sería lo verdaderamente importante para los rusos y los estadunidenses? ¿El comunismo y el capitalismo? ¿O quién se quedaría con Checoslovaquia, China, Vietnam, África y Cuba?
Más cerca de nosotros, si vemos los lemas de los partidos políticos, son, en el fondo, muy similares. Casi todos proclaman la democracia. Casi todos postulan la justicia. Casi todos proponen el progreso. Si es así, ¿por que, entonces, pelean voto por voto todas las alcaldías, las curules, los escaños, las gubernaturas y la banda presidencial? O de otra manera, ¿qué tienen que ver la filosofía política de la Revolución Mexicana versus la doctrina filosófica del bien común, cuando el PRI y el PAN contienden por la presidencia municipal de Naucalpan?
Creo que las respuestas nos llevan al convencimiento de que lo que se están disputando son espacios de poder. No estoy denostando la nobleza de la profesión política, en la que yo creo y que mi familia ha profesado ya por tres generaciones. Lo que estoy tratando de poner en claro es que existe una concepción pura del poder que podríamos distorsionar cada vez que la contaminamos con otros conceptos con los que convive muy de cerca. Pero que tenemos la obligación de alinear nuestro pensamiento en dirección de la realidad y no de la mera fantasía.
Traigamos como ejercicio sencillo de memoria la más reciente elección presidencial, aunque podríamos referirnos a cualquiera. ¿De verdad creemos que Calderón, Madrazo y López Obrador contendieron para entronizar en este país la muy particular doctrina filosófico-política en la que cada uno cree? Si así fue, ¿por qué, en los miles de anuncios que cada uno pagó, no nos dijeron, jamás, las especificidades de su doctrina? ¿Por qué nunca trataron de convencernos de ella? ¿Por qué, incluso hasta ahora, no se las sabemos con precisión? Sencillamente porque no buscaban adoctrinarnos y hacer vencer sus ideas, sino conquistar un nicho de poder.
Vamos más atrás. En la contienda de 1994 existía una mayor distancia entre el pensamiento político de Luis Donaldo Colosio y el de Ernesto Zedillo, ambos candidatos del mismo partido, que el que existía entre Ernesto Zedillo y Diego Fernández de Cevallos, contendientes por distinto partido. Es más, ¿por qué Zedillo se hizo coordinador de la campaña de Luis Donaldo en lugar de haber coordinado la de Diego? Sencillamente porque no estaban en pleito sus ideas, sino su poder.
Ahora vamos más adelante para obtener la prueba definitiva. ¿De verdad Vicente Fox triunfó por sus ideas? En caso afirmativo, ¿cuáles son sus ideas? ¿Las conocen los 15 millones de mexicanos que votaron por él? ¿Cómo considera que se articulan funcionalmente, entre sí, la democracia, la libertad y la justicia? ¿Está plenamente consciente de las diferencias que existen entre la legitimidad y la legalidad?
Tomar en serio el poder político significa hacer cuentas con la complejidad contemporánea y renunciar a cualquier simplificación peligrosa e indebida. Esto no es una ocurrencia mía. Tan sólo la he tomado de Platón, de Federico Nietzsche, de Carl Schmidt, de Max Weber y, ni más ni menos, de Juan Jacobo Rousseau, entre muchísimos otros .
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